Para todos los efectos prácticos, la amenaza de Saddam ha cesado, pero persisten los sentimientos nacionalistas, el conflicto entre Israel y Palestina,
y, en ciertos casos, el fanatismo religioso... En términos económicos, la incertidumbre terrorista seguirá perjudicando a la economía mundial.

Hoy sabemos que el escenario de la guerra corta y precisa fue el que efectivamente se dio. Pero virtualmente hasta la entrada de las tropas en Bagdad, muchos pensaban que el escenario de la guerra larga y con daños significativos iba a primar sobre el enfoque benigno. Pocos, en realidad, dudaban del triunfo final de los aliados. Ni siquiera el Ministro de información Iraquí, que negaba la entrada de los aliados a Bagdad aunque las cámaras mostraran lo opuesto a sus espaldas. Se esperaba una lucha encarnizada, puerta a puerta en Bagdad. Pero los fieros guardias republicanos -afortunadamente- no aparecieron, y así el asalto final de la capital Iraquí tuvo sorprendentemente pocas víctimas fatales.
Una importante lección de esta guerra es que los efectos de la incertidumbre pueden llegar a ser muy poderosos en las decisiones de los agentes económicos. Y efectivamente eso sucedió en este conflicto. Hasta antes del ultimátum del Presidente Bush, el precio del petróleo se mantuvo sobre los 35 dólares por barril. Pero cuando los mercados asumieron que la guerra efectivamente era un hecho, éste bajó considerablemente, y se situó en torno a los US$28 el barril.
Las bolsas mundiales y la confianza de los consumidores en Estados Unidos reaccionaron favorablemente al inicio del conflicto, luego cayeron (cuando se preveía que el conflicto podría ser largo) y finalmente entraron en terreno positivo. En ese sentido, se podría esperar que el crecimiento de Estados Unidos debiera subir en lugar de caer, ya que el optimismo impulsaría a mayores niveles de consumo e inversión, reforzados por la expansión del gasto fiscal y las bajas tasas de interés, y la economía tendría un repunte en 2003 en contraste a las caídas previstas por los escenarios bélicos menos benignos.

Los costos de la guerra

Aún en este escenario, Estados Unidos enfrenta costos económicos de envergadura. El más evidente es el costo fiscal directo, que será de por lo menos US$80 mil millones, correspondientes al presupuesto extra que pidió la administración Bush al Congreso, lo que equivale a más de toda la producción chilena de un año. Este guarismo resulta manejable para el país del norte, pues representa escasamente el 0.7% de su producto interno bruto (PIB).
Hay un detalle adicional que mencionar. Apenas el 5% de esta "cuenta" está contemplada para la reconstrucción de Irak y no incluye otras ayudas a los países vecinos que hayan apoyado en la guerra (sólo para Turquía, se habla de muchos miles de millones de dólares), los que probablemente superarían ampliamente el costo directo del enfrentamiento. La situación es distinta a la de la Operación Tormenta del Desierto, pues lo más probable es que esta vez el grueso del gasto bélico lo tenga que cubrir EE.UU., mientras que dicha operación fue financiada por Arabia Saudita, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos, Alemania y Japón. Tampoco podemos olvidar que todavía quedan cuentas pendientes de reconstrucción de otro conflicto en el cual también estuvo envuelto EE.UU. hace poco: Afganistán. El costo fiscal para EE.UU. será entonces mucho mayor que el 0.7% de su PIB.
El otro costo, menos visible pero siempre presente, es aquel que los economistas denominamos como costo de oportunidad. En este caso corresponde a todo aquello que se sacrificó para tener una guerra: actividades económicas más rentables, mayor consumo civil y un volumen de inversión más alto, sin contar de todo aquello que se gastó en petróleo caro en los meses antes del conflicto. De acuerdo al CSIS, este costo podría significar una caída de medio punto en el 2004, aún en este escenario más benigno.