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Chile ha ido perdiendo
su capacidad de crecimiento de la economía. La
crisis asiática y la suspensión del pago
de la deuda rusa en 1997-1998, causó
una crisis que afectó a todo el mundo.
Algunos países, sin embargo, adoptaron
las medidas pertinentes y reiniciaron su crecimiento.
Chile no estuvo, desgraciadamente, entre ellos.
Mientras en el período 1998-2003, el
mundo crecía a un promedio anual de 3,4%
y el sudeste asiático a un 6,5%, Chile
creció solamente un 2,6% promedio anual.
Cifra muy alejada del más del 7% a que
crecimos anualmente como promedio entre 1984
y 1997.
La recuperación económica mundial
que se ha producido en el presente año
es posible que nos lleve a un crecimiento económico
del 5,5% que,
siendo muy bueno, es insuficiente para absorber
a los más de 100.000 jóvenes que
se incorporan anualmente a la fuerza de trabajo
y al casi 10% de desempleo existente actualmente.
Este artículo entrega explicaciones para
entender los problemas más importantes
que han frenado el crecimiento del país
y analiza los desafíos para el desarrollo
de Chile.
Redistribución del
ingreso
El desafío más
importante que enfrenta Chile, actualmente, es el de
la redistribución del ingreso. Sobre este punto
hay, indudablemente, un enorme consenso; a todo nivel,
en la población.
Es un hecho que el ingreso del 20% más
rico de la población es casi 19 veces
el del 20% más pobre. El consenso desaparece
cuando se discute la forma en que hay que abordar
el problema.
Algunos preconizan alzar los impuestos para
poder aumentar el gasto social –especialmente
en educación y salud– y otros dan mayor
importancia a aumentar el desarrollo económico
para así generar más impuestos
que financien el gasto social y, al mismo tiempo,
aumenten el empleo. La realidad ha sido que,
a través de numerosas leyes tributarias,
el gasto fiscal (excluyendo intereses e inversión
financiera) ha aumentado su participación
en el PIB en 4,6% de éste. Si a esta
carga tributaria se le suma lo que los ciudadanos
aportan a las AFP, a las Isapres y al Fonasa
se llega a “tasas tributarias” muy parecidas,
e incluso superiores a los de países
en que la previsión social y la medicina
son de cargo fiscal.
Los problemas en el empleo
Es indudable
que el primer paso en la redistribución del ingreso
es que los más pobres tengan empleo. Todos están
de acuerdo; pero, a pesar de ello, se han aprobado reformas
laborales que rigidizan innecesariamente el mercado
laboral y crean cesantía especialmente entre
los más pobres. Especial mención merece
el salario mínimo que en 1997 fue incrementado
por ley para los tres años siguientes (1998,
1999 y 2000) en casi 40% en términos nominales
lo que se tradujo en un increíble, y exagerado,
aumento real del 26%. Tengo la convicción de
que la demanda por cualquier bien es de inclinación
negativa (si sube el precio la cantidad demandada del
bien en cuestión disminuye) y resulta que la
demanda por trabajo corresponde a su productividad marginal.
Siendo esto así, al elevarse por ley el salario
mínimo, en forma exagerada, a los empresarios
de los pymes no les queda otra alternativa que disminuir
las contrataciones hasta que la productividad marginal
del último trabajador contratado se iguale con
el aumentado salario mínimo real. Lo peor de
esta situación es que si uno tuviera que adivinar
a quien más perjudica tal medida tendría
que reconocer que a los más pobres –que tienen
menos educación y de más mala calidad–
y a los más jóvenes, que no tienen calificación
laboral. La realidad, desgraciadamente, confirma esta
afirmación. El 45,5% de los jóvenes entre
15 y 19 años que pertenecen al 20% más
pobre de la población están desocupados.
En el mismo quintil más pobre, el 37,9% de los
jóvenes entre 20 y 24 años están
desocupados1. Este hecho es trágico y ayuda a
explicar la delincuencia, la violencia, el narcotráfico
y las adicciones que vemos a diario en la televisión
teniendo como protagonistas a individuos muy jóvenes.
También explica por qué este 20% más
pobre de la población tiene una tan baja participación
en el ingreso nacional y tanto impacto en la mala distribución
del ingreso. Por el solo hecho de que los jóvenes
de este quintil bajaran su desempleo a la tasa nacional,
la distribución del ingreso mejoraría
sustancialmente.Si como en Alemania, Austria, Dinamarca,
Irlanda y Suecia no hubiera salario mínimo legal
o como en Holanda este fuera para los jóvenes
una fracción fuertemente decreciente respecto
al de los adultos –entre 39,5% y, 30% para los jóvenes
entre 17 y 15 años– tendríamos a gran
cantidad de la juventud trabajando y alejados del delito
y de las drogas. Y lo que es más importante,
adquiriendo valores como la disciplina, la responsabilidad
y la cooperación y aprendiendo un oficio que
les generaría sustentabilidad en el futuro. Es
obvio que Chile necesita leyes pro empleo que flexibilicen
el mercado laboral y bajen los costos de contratación;
que permitan trabajar con jornadas
más cortas y a distintas horas para las mujeres
que son madres y para los jóvenes que deseen
estudiar. La flexibilización ha sido verbalmente
aprobada por amplios sectores de la sociedad chilena;
pero no ha podido llevarse a la práctica porque
no es políticamente correcta.
Es urgente rebajar el salario mínimo en términos
reales para aumentar el empleo. Si el salario mínimo
necesario para tener pleno empleo es socialmente inaceptable,
habría que dar un subsidio fiscal, por la diferencia,
a todos los que ganaran el salario mínimo y por
el plazo que les permitiera capacitarse hasta llegar
a ganar el salario mínimo que sea socialmente
aceptable. Pero el subsidio fiscal debe ser con cargo
al erario nacional y no como una carga inaguantable
para las pymes.
Los tratados de libre comercio con EE.UU., con Europa
y con Corea y los que vendrán después
con el resto del mundo, van a tener un impacto positivo
muy importante para Chile. La razón es que Chile
es un mercado demasiado pequeño y por lo tanto,
necesita acceder a otros mercados
mayores para aumentar sustancialmente su producto nacional.
Lograr esto significa incorporar tecnologías
modernas que permiten obtener grandes producciones a
costos bajos y competitivos.
Estos grandes beneficios de la globalización
mundial nos impiden adoptar actitudes voluntariosas
en el campo laboral, como lo son los salarios mínimos
legales excesivos, pues podemos vernos impedidos de
exportar e incluso recibir importaciones desde países
que tengan la flexibilidad laboral de que nosotros carecemos.
Es así como, con buenas intenciones, se crean
niveles de desempleo que, con el tiempo, se transforman
en estructurales.
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