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En las últimas décadas nuestro
país ha experimentado cambios fundamentales.
El Chile de los ochenta no es el mismo que él
que nos ha tocado vivir en los inicios del siglo
XXI. Para algunos los cambios pueden estar a simple
vista si se observan los avances en infraestructura
o la masificación de nuevas tecnologías,
tanto en nuestro trabajo como en nuestra vida
cotidiana. Pero lo cierto es que se han generado
otros cambios, menos perceptibles tal vez, pero
no por ello menos trascendentes. Me refiero a
esos cambios que se han generado al interior del
Estado. Aquellos cambios que nos han convertido
en un país diferente: un país que
emprendió el camino hacia el desarrollado.
En este contexto es importante destacar los pilares
que han permitido nuestro crecimiento como Nación.
Para comenzar es necesario resaltar nuestro ordenado
manejo macroeconómico, el que se traduce
en una política fiscal responsable, un
tipo de cambio flexible y un Banco Central con
rango meta de inflación. Todo ello ha permitido
evitar fluctuaciones insostenibles de la macro
y enfrentar cada vez mejor las fluctuaciones externas.
Otro eje central ha sido nuestra política
de economía abierta, que se traduce en
bajísimos aranceles promedio, del orden
de 2,01% en el primer semestre, la apertura unilateral
y la firma de acuerdos comerciales con Unión
Europa, Estados Unidos, Corea del Sur y EFTA,
que se suman a los ya existentes con Canadá,
México y países latinoamericanos.
Al mismo tiempo nuestro país ha suscrito
con diversas naciones acuerdos para evitar la
doble tributación, los que permiten que
los gobiernos se reparten la carga tributaria,
incentivando la inversión y el comercio
de servicios.
Asimismo hay que considerar que Chile es reconocido
internacionalmente por su buen clima de inversión,
lo que se ve avalado por el espacio de participación
del sector privado y los bajos índices
de corrupción. Lo anterior no sólo
se refleja en el históricamente bajo riesgo
país, sino que en la posición ocupada
por Chile en el ranking de competitividad, elaborado
por el Foro Económico Mundial, donde este
año avanzó desde el lugar 28 al
22; y en el bajo nivel de corrupción que
evidencia el lugar número 20 en el Índice
de Transparencia Internacional, muy sobre el resto
de Latinoamérica.
Las razones para tales reconocimientos no sólo
están en las mejores perspectivas económicas,
sino que son un reflejo de las mejoras en calidad
de vida, producto de las reformas impulsadas por
los gobiernos de la Concertación en materia
de educación, salud, justicia, y de los
progresos en reducción de los índices
de pobreza.
En gran parte estos logros han sido posibles gracias
a una democracia consolidada y estable, en la
que gobierno y ciudadanos son capaces de alcanzar
metas y establecer acuerdos económicos
y político-legislativos, en miras de asegurar
el desarrollo y bienestar de nuestro país.
Como ejemplo de ello, están la Agenda Pro
Crecimiento y las 49 iniciativas del “Acuerdo
Político-Legislativo para la Modernización
del Estado, la Transparencia y la Promoción
del Crecimiento”, firmado en enero de 2003.
En esta línea se enmarcan la Ley corta
de Pesca, la Ley de Plataforma de Inversiones,
la Reforma al Mercado de Capitales, la Ley Eléctrica,
la Eliminación de Exenciones Tributarias
de las FF.AA., entre otras; como también
más recientemente en un subgrupo de cambios
legales que se refieren a la Modernización
del Estado, entre los que destacan la regulación
del gasto electoral, el Registro de Receptores
de Fondos Públicos y la fijación
de las remuneraciones de las autoridades de gobierno
y normas de gastos reservados.
Asimismo cabe señalar la tramitación
en el parlamento de los proyectos de Certificación
de Competencias Laborales, que disminuye asimetrías
de información al acreditar en forma estandarizada;
Factura como título ejecutivo, que potencia
el mercado del factoring y agiliza los trámites
judiciales; y Mercado de Capitales II, que fomenta
al capital de riesgo y fondos de inversión,
flexibilizando la Ley de Sociedades Anónimas.
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