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1.
Propuesta e Impacto de la Gestión de
Calidad
La calidad total de productos
y servicio ha sido incorporada recientemente
a la filosofía de trabajo de las empresas.
Uno de los principales precursores de este desarrollo
es W. Edwards Deming, quien postuló a
la calidad como un soporte fundamental de la
competitividad de empresas y países.
Sus ideas fueron recogidas durante la década
del 50 por una industria japonesa que comenzaba
a reconstruirse después de la II Guerra
Mundial, y que era mundialmente percibida como
de mala calidad. Dos décadas después,
los productos japoneses “pusieron en jaque”
a importantes sectores de la economía
de EE.UU., dada su alta calidad y bajo precio.
El mismo profesor Deming (1986), que a esas
alturas daba su nombre al Premio Nacional de
la Calidad de Japón, formuló una
serie de recomendaciones a la industria norteamericana
para “salir de la crisis”.
La “Gestión de Calidad” (Quality Management
QM ó Total Quality Management TQM), estructura
y orienta la aplicación de las ideas
de Deming y otros autores. Se caracteriza por
involucrar a todo el personal de la empresa,
especialmente el operativo, en la búsqueda
de la satisfacción del cliente y del
mejoramiento continuo. Mediante el TQM se propone
no sólo generar productos o servicios
atractivos para los clientes, sino también
incrementar la productividad y la competitividad
de la empresa. Como argumentaba el mismo Deming,
una parte significativa de los costos de producción,
hasta un 40%, se deben a errores. Por el contrario,
trabajadores impregnados de esta “filosofía
de la calidad” producen buenos productos o servicios
la primera vez, reduciendo los costos de falla
y de reprocesamiento. Este “ciclo virtuoso calidad-productividad”
puede ser representado por la Figura 1, que
según Demming, “estaba en todas las pizarras
de todas las reuniones con los directivos japoneses
desde julio de 1950 en adelante”.
Según Sousa & Voss (2002), en la
actualidad existe un fuerte consenso acerca
del impacto de TQM en la calidad de los procesos
y productos. También existe consenso,
aunque la evidencia es menos concluyente, de
que la calidad de procesos y productos impacta
positivamente en el desempeño financiero
de la firma. Por ejemplo, Adam, Flores &
Macias (2001) analizan diversas variables de
calidad en 345 empresas de EE.UU. y México,
comprobando que en ambos países TQM implicó
mejoras en la calidad, reducción de costos
internos, menos defectos y un menor costo final.
Sin embargo, sólo en EE.UU. esto se traduce
en mejoras financieras. Easton & Jarrell
(1998) comparan 108 firmas que implementaron
TQM con un grupo de control de empresas similares,
detectando un efecto positivo tanto en los índices
contables como accionarios en el plazo de cinco
años luego de haber iniciado su implementación.
Figura 1

2. Implementación
de TQM
De acuerdo con Easton & Jarrell
(1998), TQM puede caracterizarse por nueve prácticas
estándares: compromiso y liderazgo de
la alta gerencia, foco en el cliente, relación
con el proveedor, desarrollo de una “cultura
de la calidad”, “empoderamiento” (empowerment)
del personal, gestión de procesos, visión
transfuncional, administración con datos
objetivos, y mejoramiento sistemático.
Siguiendo la descripción de Flynn, Schroeder
& Sakakibara (1995), estas prácticas
se pueden clasificar como de infraestructura,
si crean un medioambiente que habilita la orientación
de la firma hacia la calidad, y como de procedimiento,
si corresponde a los aspectos concretos o técnicos
que generan la calidad en definitiva. Samson
& Terziovski (1999) han sugerido que son
las prácticas de infraestructura las
que realmente inciden en el negocio, pues las
de procedimiento son fáciles de imitar
por los competidores. Sin embargo, esta imitación
sólo ocurre en la forma, no en el fondo,
pues si no existe un real compromiso y participación
de los trabajadores, TQM no pasa de ser una
“moda” (en inglés fad).
Si bien invertir en TQM es promisorio, surgen
interrogantes acerca de cómo puede hacerse
de manera eficaz. Teóricamente, las prácticas
pueden ser impuestas a la organización.
Sin embargo, Fruin & Nakamura (1997) advierten
acerca de los riesgos de intentar implantar
métodos de gestión sin contar
con la cooperación de los trabajadores.
De las prácticas de TQM, el empoderamiento
es posiblemente la más compleja, pues
depende de aspectos personales y, por lo tanto,
debe ser genuinamente adoptado por el trabajador
para ser realmente efectivo.
3. Historia de la
Gestión de Calidad en Chile
Muchas empresas chilenas incorporaron
las ideas de TQM a principios de la década
de los 90. Declararon su interés y voluntad
de comprometerse con el tema, introdujeron una
visión de procesos con una mirada hacia
clientes y proveedores, crearon o fortalecieron
las gerencias de calidad, y realizaron capacitaciones
masivas del personal. El mecanismo más
utilizado fueron los llamados “círculos
de calidad”. Se trataba de grupos de operarios
que revisaban las formas de mejorar el trabajo,
proponiendo ideas de mejoramiento a partir de
su experiencia. Algunas empresas llegaron a
tener cientos de estos círculos, los
que propusieron miles de iniciativas que, en
la gran mayoría de los casos, eran imposibles
de evaluar y menos de implementar. Así,
lo que comenzó siendo una propuesta de
participación y motivación de
los trabajadores, terminó generando frustración
(Sillince, Sykes & Singh, 1996). Como consecuencia,
la mayoría de los círculos de
calidad desaparecieron de las empresas chilenas
a mediados de los 90.
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