La película
“Machuca” de Andrés Wood puso sobre
el tapete lo clasista que la sociedad
chilena era (¿es?). El problema
detrás del clasismo es la posibilidad
que esté al servicio de una sociedad
no meritocrática, rígida
en su estructura social, en donde quién
nace pobre muere pobre y quién
nace rico, muere rico. Esta visión
se ha visto apoyada académicamente
por varios artículos surgidos del
Departamento de Economía de la
Universidad de Chile (la mayoría
de los cuales, en mi opinión, tiene
problemas metodológicos importantes;
en este artículo discutiremos uno).
Esta visión, a su vez, estaría
apoyada por la resistencia de la alta
desigualdad del ingreso a bajar, a pesar
del alto crecimiento económico
de los últimos años. El
tema de que Chile es una sociedad rígida,
con baja movilidad social, con una desigual
distribución del ingreso se ha
transformado, a su vez, en el último
reducto de los “autoflagelantes”. En este
artículo quiero argumentar que
la situación no es tan dramática
como se le ha pintado.
1. La movilidad social
En primer lugar quiero dejar claro que
el tema de la movilidad social me parece
mucho más importante que el de
la desigualdad del ingreso. Incluso más
importante que el porcentaje de pobres
que hay en el país. Esto es así
porque no es lo mismo una sociedad que
tiene un 20% de pobres y donde las mismas
personas se repiten año tras año
como pobres, que una sociedad en que hay
un 20% de pobres, pero en la cual no son
las mismas personas todos los años.
La primera sería una sociedad muy
rígida, la segunda no. En el extremo
que cada año todo el mundo tuviera
20% de probabilidades de ser pobre, de
manera que al final de la vida todos fueran
el 20% de los años, pobres, esta
sociedad tendría 20% de pobres,
pero existiría perfecta movilidad
social y el problema de la pobreza posiblemente
no sería importante del punto de
vista de la política pública
ya que todos podrían ahorrar cuatro
de cada cinco años para cuando
fueran pobres. Por lo tanto el tema de
la movilidad social es el tema clave.
De la misma manera, no es lo mismo una
distribución del ingreso muy desigual
en que existe la posibilidad de que alguien
se mueva de un extremo a otro de la misma
de un año a otro, que una similarmente
desigual en que todos se mantienen, año
tras año, en su mismo lugar.
Es por esto que los datos recogidos recientemente
por Mideplan, que permiten construir una
“matriz de transición” entre 1996
y 2001 son valiosos y bienvenidos. Estos
son los primeros datos de panel de que
se disponen en Chile, y permiten observar
el ingreso de la misma persona en dos
años: 1996 y 2001. Clasificando
las personas en deciles de ingreso (agrupando
al 10% más pobre, así sucesivamente
hasta el 10% más rico) en ambos
años, permite construir una matriz
de diez por diez. En ella se puede leer
donde terminan en el año 2001 aquellas
personas que estaban en determinado lugar
de la distribución en el 96.
Han aparecido dos trabajos que analizan
estos datos (Castro y Kast y Contreras
et al)1. Estos trabajos tienen interpretaciones
contradictorias de los datos. Esto puede
ser por el típico problema de ver
el vaso medio lleno o medio vacío,
o porque alguno de ellos hace una lectura
errónea de los mismos. En mi opinión
es una mezcla de ambos problemas. Castro
y Kast ven el vaso medio lleno; Contreras
et al. medio vacío, pero también
es cierto que este último trabajo
comete ciertos errores de interpretación
al analizar los datos.
Contreras et al. encuentran preocupante
que el 90% de la población sería
vulnerable de caer en la pobreza (en tanto
que el 10% mas rico estaría privilegiado
y no enfrentaría dicho riesgo).
Por otro lado, y mirando los mismos datos,
Castro y Kast se alegran de que la sociedad
chilena muestre un gran dinamismo y haya
una alta probabilidad de salir en forma
autónoma de la pobreza y de la
indigencia. Las conclusiones de política
pública de una y otra visión
son muy distintas.
¿Qué
dicen efectivamente los datos?
Para responder esta pregunta, primero
preguntémonos que esperaríamos
encontrar en los datos si Chile fuera
una sociedad rígida. Si lo fuera,
debiéramos encontrar que todas
las personas estarían en la diagonal
de la matriz de transición, o sea,
todos conservarían su lugar en
la distribución del ingreso entre
un año y otro: el pobre sería
siempre pobre y el rico siempre rico.
Sin embargo, la matriz que se construye
sobre la base de los datos de Mideplan
está bien lejos de ser una matriz
diagonal. Sólo 22% de la población
está sobre la diagonal, o sea solamente
ese porcentaje de las personas estaban
en el mismo decil de ingresos en 1996
y 2001. Esto muestra que el Chile de hoy
no es una sociedad rígida, sino
una sociedad más bien móvil.
Entre ambas opciones, es claramente preferible
que sea móvil. Sin embargo, enfrentados
a este resultado, Contreras et al. le
dan un giro negativo a la existencia de
“movilidad” llamándola “vulnerabilidad”.
Es cierto que en una sociedad móvil,
uno es vulnerable en el sentido que su
posición no está asegurada.
Sin embargo si uno decide llamarlo así,
entonces no hay resultado que sea considerado
bueno: o la sociedad es rígida
(y las personas no tienen esperanzas de
cambiar su destino), o es vulnerable (es
móvil y por lo tanto nadie tiene
asegurado la permanencia de su “status”).
Contreras et al. hacen sonar como si hubiera
una tercera opción. Sin embargo
no la hay. A menos que estemos en la búsqueda
de una utopía una vez más:
la sociedad totalmente igualitaria, donde
la movilidad no implica vulnerabilidad.
Hay un tema relevante en la constatación
que la movilidad no incluye al 10% más
rico. En EE.UU. Gary Becker encontró
hace 20 años que ser rico era pegajoso
(“sticky”), pero ser pobre no lo era.
O sea, un pobre tenía una alta
probabilidad de dejar de ser pobre, pero
un rico tenía una alta probabilidad
de continuar siendo rico. Acá nuevamente
la realidad permite sólo dos resultados
posibles: o es más probable permanecer
siendo rico que permanecer siendo pobre,
o es más probable permanecer siendo
pobre que rico. De ambas posibilidades,
la preferible es la primera, o sea, que
los pobres tengan menor probabilidad de
continuar siendo pobres. Esa es la realidad
del Chile de hoy.
Solamente 29% de quienes estaban en el decil
más pobre en 1996 estaban en ese
mismo decil en 2001. Eso quiere decir que
el resto (la amplia mayoría) de estas
personas eran más ricas en el 2001.
De hecho 14% de ellas habían pasado
a estar en la mitad “de arriba” de la distribución
del ingreso (en los deciles seis a diez).
Los más ricos (del último
decil, el decil diez) tenían una
alta probabilidad de permanecer en el decil
diez (52%). Sin embargo 12% de ellos pasaban
a estar en la mitad “de abajo” de la distribución
del ingreso (deciles uno a cinco). Esto
muestra que un rico puede pasar a ser pobre
en el lapso de cinco años.
El hecho que solo 22% de las personas están
en la diagonal, o sea en la misma posición
en ambos años; y que 78% han cambiado
su posición es una muestra de una
sociedad móvil, lo que claramente
es una buena noticia para Chile. En Alemania
entre 1990 y 1995 se encontró que
la cantidad de personas en la diagonal era
de 23%2, y los autores discuten estudios
que hablan que la movilidad en Alemania
y en EE.UU. es similar.
En resumen, los datos de la nueva encuesta
de MIDEPLAN hablan de una sociedad muy móvil,
tan móvil como varios países
desarrollados. Esto contraría la
imagen del Chile de hace 30 años
que se refleja en la película Machuca.
Finalmente, se entiende poco las razones
que tuvieron Contreras et al. para darle
a esta buena noticia un giro tan negativo
como lo hicieron en su estudio.
Similares reflexiones me surgen de analizar
el trabajo de Nuñez y Risco3 que
analiza una base de datos creada por la
Universidad de Chile que permitiría
estudiar la movilidad intergeneracional.
Los datos brutos de la encuesta pintan una
sociedad sorprendentemente móvil,
sin embargo a través de una metodología
equivocada los autores concluyen exactamente
lo contrario.
En términos de política pública
estos datos nos dicen que ser pobre es un
estado temporal, lo que debiera influir
en la política pública. Una
posible interpretación es que las
políticas públicas se centren
mas bien en aumentar la tasa de crecimiento
de la economía, lo que permitiría
que, independientemente del decil en que
estemos, todos estuviéramos mejor.
El crecimiento es mucho más saludable
en una sociedad móvil, ya que si
la mayoría de la población
se mueve dentro de la distribución
del ingreso, lo más importante es
alrededor de qué media es que se
mueve.
2. La distribución
del ingreso (por generación)
Nos concentraremos ahora en el tema de
la distribución del ingreso, aún
cuando como dijimos inicialmente en una
sociedad suficientemente móvil
el tema de la distribución del
ingreso no debiera ser demasiado importante
desde el punto de vista de la política
pública. Tradicionalmente se ha
discutido la distribución del ingreso
con medidas de desigualdad como el índice
de Gini4, que son estimadas sobre la base
de una encuesta de hogares de un año
determinado (la CASEN del año 2003
por ejemplo5). Respecto de este estadístico,
ha generado preocupación que Chile
se ha estancado a un nivel alto de dispersión
de ingresos (alto en el concierto mundial).
Sin embargo, como argumentaré,
estos análisis se concentran en
una medida inadecuada de la dispersión
del ingreso. Al menos es inadecuada para
llegar a conclusiones de política
pública.
¿Cuál es la alternativa?
Lo ideal sería contar con datos
de panel que permitieran analizar la distribución
del ingreso por cohorte. De esa manera
sabríamos cuál es la evolución
en el tiempo de la distribución
del ingreso de distintas generaciones.
A pesar que no tenemos estas encuesta
panel, en su reemplazo se pueden usar
cortes transversales repe-tidos y construir
cohortes sintéticas o artificiales.
Para ello se puede utilizar la encuesta
de la U. de Chile (en el trabajo empírico
al que se hace referencia aquí
se utilizó dicha encuesta para
el período 1957-20026). Sobre la
base de dichos datos se puede estimar
la dispersión del ingreso para
cada generación, lo que nos da
la evolución de la desigualdad
de las cohortes nacidas en años
sucesivos (p.ej.: 1940, 1941, 1942, etc.).
La evolución de esta dispersión
nos da una historia más certera
de lo que está sucediendo hoy,
comparado a lo que ha sucedido en el pasado,
y nos acerca a lo que puede ser influenciado
por la política pública.
A continuación justificaré
el porque de esta última afirmación.
Hay diferentes formas de mirar la distribución
del ingreso y no todas igual-mente relevantes
desde el punto de vista de la política
pública. Es importante detenernos
a considerar estas diferentes maneras
de mirar a la distribución del
ingreso. Para empezar, veamos la diferen-cia
entre distribución del ingreso
“de stock” y “de flujo”. |