El cambio en las pruebas de admisión: de la PAA al SIES, PAT y, finalmente, PSU
La inclusión forzosa del 15% de alumnos en riesgo
social no ha sido el único caso de experimentación
en materia educacional. Uno de los ejemplos más
emblemáticos de improvisación en materia
de educación ha sido el cambio en las pruebas
de admisión a las universidades cuyos efectos
negativos y costos se han dejado ver claramente en el
corto plazo. En cierto sentido, lo sucedido con el cambio
de las pruebas de admisión es iluminador con
respecto a los vicios que se manifiestan en el diseño
de políticas públicas en educación.
El desarrollo de las nuevas pruebas omitió incluir
estudios indispensables para afinar las nuevas pruebas
antes de eliminar la PAA y las PCE. Se planteó
que el nuevo sistema de admisión "por tratarse
de pruebas de conocimientos que evaluarían el
100% de los contenidos mínimos del nuevo currículo
de la reforma educacional cubiertos en los
cuatro años de enseñanza media" sería
más equitativo para los alumnos provenientes
de la educación municipalizada que las antiguas
pruebas, nuevamente sin estudios que avalaran tal premisa.
Al estudiar en profundidad el proceso de cambio en las
pruebas se advierte que las autoridades educacionales
actua-ron no sólo en forma improvisada sino con
el agravante de la falta de transparencia a lo largo
del proceso, incluso desentendiéndose del evidente
mal funcionamiento de las PSU.
A tres años de la aplicación de la PSU,
los resultados no han sido alentadores en materia de
equidad. El primer año que se aplicó,
se presentaron aproximadamente 30,000 postulantes menos
que los años anteriores a rendirla, la ma-yoría
correspondía a alumnos de la educación
municipalizada y a alumnos rezagados que nunca estuvieron
expuestos al currículo de la reforma que se estaba
evaluando. La equidad no se vio favorecida, al punto
que a dos años de su aplicación, el porcentaje
de alumnos provenientes de colegios municipalizados
que ingresó a carreras en la U. de Chile bajó
del 32% en las antiguas pruebas a 25%.
El año 2003, el último en que se empleó
la PAA y las PCE como pruebas de admisión, del
total de alumnos matricula-dos en la Universidad de
Chile, un 32% correspondió a alumnos de escuelas
municipalizadas. Este porcentaje bajó a 30% el
año 2004 y a 25% el año 2005 con las PSU.
Consultado el Rector Riveros acerca de la causa de esta
caída que ha cambiado el perfil del estudiantado
en la U. de Chile, señaló que ésta
se debía a "la [mala] calidad de la enseñanza
media que se provee en liceos municipales" (Cambia
Perfil Estudiantil, 20/ 8/2005). El problema de esa
explicación es que la mala calidad se arrastra
por años y no hay razón para pensar que
haya sufrido un deterioro adi-cional en los últimos
dos años. Otra explicación alternativa,
y bastante más razonable que la del Rector, es
que la caída puede deberse al cambio de la PAA
por la PSU.
A pesar de que hay evidencia de que las nuevas pruebas
no han cumplido con la promesa de mayor equidad de opor-tunidades
para los postulantes de colegios municipalizados, el
cronograma de implementación de las modificaciones
de las pruebas ha seguido inexorable.
Este año, para la admisión 2006, se volvieron a incrementar los contenidos a evaluar en la PSU. La meta es evaluar el
100% de los vastos contenidos "mínimos"
del currículo de enseñanza media para
el año 2007. Es de la más ele-mental lógica
que no basta con tener un currículo escrito en
el papel, sino que éstas hayan sido cubiertas
en clase. ¿Dónde están los estudios
que avalan que los alumnos, particularmente los que
provienen de los sectores más despo-seídos,
están teniendo las oportunidades de aprender
lo que en ellas se evalúa? ¿Quién
se hace cargo del daño a esas generaciones de
alumnos provenientes de escuelas municipalizadas que
verán disminuidas sus posibilidades de acceder
a los programas de su elección en educación
superior por la implementación de estas nuevas
pruebas que evalúan contenidos que no están
siendo enseñados?.
Indiscutiblemente, quienes pagaron el costo más alto por la forma como se hizo el cambio fueron los postulantes
provenientes de la educación municipalizada y
sus familias. Sin embargo, las autoridades han seguido
inexorablemen-te adelante con el cronograma, aumentando
los contenidos de las pruebas aun cuando hay evidencia
de que los esta-blecimientos educacionales no pasan
toda la materia. La mayor desventaja recae sobre los
alumnos de colegios municipalizados, que no pueden costear
preuniversitarios que suplan las deficiencias en su
instrucción.
Se podrían seguir describiendo otras instancias de improvisación en la toma de decisiones en materia de políticas
educacionales, pero las anteriores son suficientes para
graficar el grave problema que nos aqueja. No se puede
pre-tender avanzar por ensayo y error en educación,
ni bajo la premisa de que es mejor esconder los errores
en lugar de reconocerlos y corregirlos. Tal estrategia
a la larga pasa la cuenta, aunque quienes la pagan no
sean necesariamente las autoridades responsables de
las decisiones. A menos que se revierta este estilo
de toma de decisiones y sean los criterios técnicos
los que las orienten, deberemos contentarnos con seguir
transitando por la vía de la mediocridad educacional.
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