Por Lucy Bennett O.

“Ésta será una
competencia global,
en todos los formatos
del retail”
Según el empresario,
ambas empresas
“son complementarias,
con baja competencia
entre ellas
y poca superposición
de proveedores”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ALFREDO MORENO,

 

GESTOR DE LA FUSIÓN FALABELLA-D&S


“Por sus obras los conocerás”, dice una cita bíblica. Y, en este caso, las de Alfredo Moreno Charme (48, casado, 4 hijos), hablan por si solas. Ingeniero civil de la Universidad Católica (1979), profesor de la Escuela de Administra-ción y Economía de la misma casa de estudios y MBA de la Universidad de Chicago (1982) ha sido un “puente de
negociación” de varias notables operaciones financieras de los últimos años. Primero fue la venta del Banco de Chile al Grupo Luksic, luego la fusión Homecenter –Falabella y, recientemente, la mega alianza Falabella-D&S. Un gigante del retail con un valor estimado en 15 mil millones de dólares de patrimonio bursátil y que podría sumar unos 83 mil empleados. Miembro del comité de fusión de ese nuevo holding –como director de Falabella– Moreno también es vi-cepresidente de Empresas DERSA, director de Sodimac, Mall Plaza, Derco y Penta. También es presidente de Edito-rial Santiago, director de la Fundación Teletón, past president de ICARE y director de la Federación de Criadores de Caballos Chilenos, entre otros cargos.
Hasta ahí lo más conocido de este empresario. Sin embargo, pocos saben que antes –y muy joven– fue presidente de Ladeco, Radio Minería y Editorial Ercilla; que egresó del colegio capitalino de los jesuitas como el “mejor ignacia-no” de su promoción; y que perdió a su padre a los 13 años, un episodio que –como él mismo lo reconoce– marcó su
vida. Con un indiscutido carisma y simpatía genera confianzas a la hora de sentarse a conversar. La mayoría de las
veces, además, sus interlocutores suelen ser antiguos compañeros de curso, ex colaboradores o, simplemente co-nocidos. “Me importa el factor humano”, dice explicando que más allá de activos y pasivos hay personas, tradiciones y estilos de hacer negocios. Sencillo, de aspecto bonachón y actitud amable, sabe esquivar los temas más espinu-dos y profundiza –como buen profesor que debe haber sido– en aquello que podría ser su dogma: la “pasión” y “sen-tido común” que imprime a todo lo que hace, porque las ideas deben pasar “de la cabeza al estómago”.


Su fórmula para aprender ingeniería económica



Alfredo Moreno tiene tres hermanos y él es el mayor de los hombres. Admite que la experiencia “más marcadora” de su adolescencia fue la prematura muerte de su padre provocada por un infarto. “Falleció a los 48, cuando yo tenía 13
años y éramos muy cercanos. El era un tipo especial: sufrió un accidente en su juventud y tenía la cara y el cuerpo
totalmente quemados. Pero, se sobrepuso a todo, fue un profesional destacado y llegó a ser gerente general de Coca Cola por muchos años, a pesar de su defecto físico. Por lo tanto, era un tipo que con su personalidad enseñaba mu-cho”.

Eso, adicionalmente, fue un cambio económico para su familia muy grande. “Estudiábamos en el Colegio San Igna-cio, muy cerca de nuestra casa, al igual que nuestros amigos del barrio. La decisión fue quedarse ahí; vivíamos una
vida como que todo era igual, pero todo era distinto. Mi casa empezó a ser arrendada para matrimonios y nosotros
éramos los mozos –algo inusual para esa época– y, como eso no alcanzaba, después las piezas se alquilaban a jó- venes de provincia que venían a estudiar a Santiago, generalmente hijos de familias conocidas”.


-¿Qué otros trabajos tuvo mientras estudiaba?

–Como era muy buen alumno, tuve uno de los primeros preuniversitarios de esa época en mi casa –en la pieza de la
empleada que no se usaba– y así me pagaba la universidad.

-¿Por qué quiso estudiar en la Universidad Católica?
–Creía que era la mejor. Mi papá murió en 1970 y entré a la universidad en 1974, en una época complicada para el
país. Entonces la UC se distinguía por ser una universidad tranquila y con menos problemas, era claramente dónde uno aspiraba a entrar. En segundo lugar, como venía de un colegio religioso y dedicaba parte importante de mi tiem-po a la formación personal y acción social, era importante seguir en actividades de esa índole, entre ellas los traba-jos de verano.

-¿Nunca pensó en estudiar economía?
–Siempre, podría haber escogido cualquiera de las dos carreras. Por ello, cuando entré a Ingeniería fui a hablar con el Decano de Economía para hacer un programa especial con “ingeniería económica”.

-¿Qué profesores lo marcaron?

–En Ingeniería, el entonces director Juan Enrique Coeymans. Después, como no me resultó el programa mixto que tenía, empecé a estudiar las dos carreras; y, en Economía, Ernesto Fontaine fue el mejor profesor que yo he conocido y una persona que lleva el corazón de educador grabado a fuego en su piel. Cuando hice el primer curso con él, me dijo “tu deberías estudiar Economía, te estás perdiendo, deberías cambiarte de carrera...”. Pero, yo ya había avanza-do mucho en Ingeniería, así es que hicimos un programa conjunto con muchos ramos en la Escuela de Administra-ción y Economía; y, además, tomaba los cursos en el verano. Fue ayudante de la cátedra de Precios, de Ernesto Fontaine, y una vez terminada Ingeniería, en la Escuela de Economía le ofrecieron ir a estudiar a la Universidad de Chicago, en Estados Unidos. Para pagar la beca, al regresar a Chile volvió a hacer clases en la UC, donde permane-ció hasta 1985.


Administrar y vender



-¿Cuál fue su primer empleo formal?

–En el último tiempo de la universidad ya empecé a trabajar en el departamento de estudios de Forestal, con el grupo
Cruzat Larraín, con varios compañeros míos en Economía, como Juan Bilbao y Francisco Pérez.
–Cuando me fui a estudiar al extranjero, Chile estaba en un boom y cuando volví a fines del ’83, el país estaba que-brado. Mucha gente mayor tuvo problemas, y siendo profesor me ofrecieron ser presidente de Radio Minería y de la Editorial Ercilla. Era incluso editor económico de esta última publicación y aprendí periodismo radial y escrito. Tra-bajaba medio día en eso y luego iba a la UC. Al poco tiempo tuvieron problemas con Ladeco y –como yo hice un es-tudio sobre los cielos abiertos– me ofrecieron también ser presidente de Ladeco... Eran cosas que pasaban en esa
época y que hoy parecen raras.

-¿Cuánto lo ayudo su actitud de asumir nuevos desafíos y estar siempre dispuesto a aprender?
–En esa época, se presentaban esas Aires y Ciudad de México. Con lo que ganamos ahí compramos otras empresas como Telemercados Europa y así se fueron sumando nuestras inversiones”, agrega.


Del Banco de Chile a Sodimac y Falabella



-¿Cómo llegó al Banco de Chile?
–Ayudaba al Patronato Nacional de la Infancia, donde llegué por Felipe Larraín –compañero mío en Economía– cuyo
padre era el presidente de esa institución de beneficencia y que representaba a muchos accionistas pequeños del Banco de Chile. Este, a su vez, había sido intervenido. Luego, surgió el tema de capitalismo popular y, cuando el ban-co volvió al área privada, esos pequeños accionistas me pidieron que fuera director para lo cual tuve su apoyo y el
de otros accionistas. Dediqué como 15 años a esa labor, primero como representante de ese grupo; después, con la plata que ganaba en mis empresas fui comprando acciones; y, finalmente, hicimos un grupo con Carlos Alberto
Délano y Eugenio Lavin (hoy grupo Penta ) junto a Juan Cúneo y Reinaldo Solari. Con ellos llegamos a controlar el
banco hasta el año 2000 y principios del 2001, cuando se lo vendimos al grupo Luksic y ellos luego lo fusionaron con el Edwards. Fue una bonita experiencia, una empresa estupenda.

-¿Fue muy difícil la venta del Banco de Chile?

–Fue compleja en el sentido que los Luksic habían empezado a adquirir acciones, eran un grupo mucho más grande que todos nosotros y no era fácil mantener al grupo unido frente a otros que ofrecían más plata. Los últimos días de la negociación, me tocó representar a nuestro grupo junto a Juan Bilbao y, por los Luksic, estaba Francisco Pérez, ambos compañeros en Ingeniería Comercial de la UC. Pero, finalmente no fue difícil porque había una razón de nego-cio, ya que ellos estaban dispuestos a pagar un precio alto. La gracia era sacarles el mejor valor y creo que se logró.