por Felipe Larraín

Ph.D., Universidad de Harvard.
M.A., Universidad de Harvard.
Ingeniero Comercial, Pontificia
Universidad Católica de Chile.
Profesor Titular del Instituto
de Economía Pontificia Universidad Católica de Chile.

 

 

 

 

 

POBREZA: LA VERDAD DE LAS CIFRAS

El pasado 8 de junio se dieron a conocer los resultados de la encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacio-nal (CASEN) 2006, aplicada entre noviembre y diciembre del año pasado. Las cifras referentes a la pobreza y la indigencia revelan un importante progreso, no así las de desigualdad. De acuerdo a las cifras oficiales, la pobreza cayó desde un 18.7% de la población en 2003 a un 13.7% en 2006; y los indigentes diminuyeron desde 4,7% a 3,2% en el mismo lapso. La distribución del ingreso mejoró algo: el coeficiente Gini pasó de 0,57 a 0,54 (mientras más cerca de 0, menos desigual), y la diferencial de ingresos entre el 20% más rico y el 20% más pobre pasó de 14,5 veces a 13,1 veces; ello es positivo, pero no resulta suficiente para afirmar todavía que hay un quiebre de
tendencia. El debate no se ha hecho esperar y se ha centrado principalmente sobre las cifras de pobreza, en dos
aspectos: la encuesta CASEN en sí y sus cambios metodológicos, y la representatividad de la canasta utilizada para determinar la línea de indigencia, y con ésta la de pobreza.


De cifras y carencias


Sin embargo, antes de descorchar la champaña, repasemos un poco las cifras entregadas y evitemos la autocom-placencia. Todavía quedan millones de chilenos bajo la línea de pobreza, precisamente cuántos es parte del debate
que se aborda en este artículo. Aunque seamos los mejores de América Latina al respecto, la cantidad de compa-triotas en situación de pobreza sigue siendo intolerablemente alta. Y sabemos que hay muchos chilenos que están muy poco por sobre estos umbrales, y que, por tanto, corren alto riesgo de volver a ser pobres.
¿A qué se debe la reducción de la pobreza? Una parte muy importante de la explicación está en el mayor crecimien-to económico. En efecto, mientras la economía chilena creció entre 2001 y 2003 un promedio de sólo 3,3% anual,
entre 2004 y 2006 el crecimiento promedio anual saltó casi 2 puntos. Otro tema importante que revelan las cifras es que por primera vez la pobreza rural ha caído por bajo la urbana. Una posible explicación está en que la actividad
agropecuaria-silvícola se expandió un 38% más que el PIB general en el período 2004-2006.
La mejoría distributiva es bastante más tenue. Aún cuando hay algún progreso, aún nos superan bastantes países latinoamericanos, como Argentina, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Panamá, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezue-la. Y estamos todavía mucho peor que los países desarrollados. Así, mientras Chile se prepara para ingresar a la OECD (lo que, en sí, es un importante logro), el Gini promedio de ese grupo es de 0.32 (vs. nuestro 0.54). La única conclusión certera es que aún queda mucho trabajo por hacer en reducir la desigualdad en Chile, porque seguimos estando entre los países más desiguales del mundo.
Otros problemas que revelan las cifras es que la pobreza afecta más a los niños y jóvenes menores de 18 años, a las mujeres jefas de hogar y a las comunidades indígenas. Y es necesario notar que más del 40% de los indigentes no tienen empleo. Dado que el desempleo es una variable de vital importancia para salir de la pobreza, una política social exitosa debería impulsar con mayor fuerza la creación de empleo. Así, medidas que apunten a flexibilizar el mercado laboral serían, para este grupo, de vital importancia; más aún cuando vemos que la participación laboral de la mujer en este segmento es particularmente baja. Mientras que en la población no pobre la tasa de participación femenina supera el 44%, en la población pobre e indigente apenas bordea el 31%. Sin embargo, es lamentable constatar que no existen políticas públicas que apunten en esta dirección. Más bien, las políticas laborales recien-tes se han dirigido a rigidizar el mercado laboral. Hoy se discute en Chile la negociación por áreas de actividad, que sería un retroceso mayor, especialmente para los que más necesitan empleo y no lo tienen.
Dos observaciones adicionales respecto de las cifras. Para un país del nivel de desarrollo de Chile no hay ninguna buena razón para que la encuesta CASEN no se haga anualmente y nos entregue con mayor periodicidad una radio-grafía de nuestra situación de pobreza y distribución. Tampoco es comprensible que Mideplan no publique inmedia-tamente todas las cifras de la encuesta en su página web (la Ministra ha anunciado la liberación de la base de datos recién para septiembre), y que se tome varios meses de análisis en solitario, antes de entregarlas completas al país. Desde la fecha de la publicación de las primeras cifras, hemos visto como día a día aparecen nuevas cifras. Lo que corresponde es entregarlas todas juntas.