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El pasado 8 de junio se dieron a conocer
los resultados de la encuesta de Caracterización
Socioeconómica Nacio-nal (CASEN)
2006, aplicada entre noviembre y diciembre
del año pasado. Las cifras referentes
a la pobreza y la indigencia revelan un
importante progreso, no así las
de desigualdad. De acuerdo a las cifras
oficiales, la pobreza cayó desde
un 18.7% de la población en 2003
a un 13.7% en 2006; y los indigentes diminuyeron
desde 4,7% a 3,2% en el mismo lapso. La
distribución del ingreso mejoró
algo: el coeficiente Gini pasó
de 0,57 a 0,54 (mientras más cerca
de 0, menos desigual), y la diferencial
de ingresos entre el 20% más rico
y el 20% más pobre pasó
de 14,5 veces a 13,1 veces; ello es positivo,
pero no resulta suficiente para afirmar
todavía que hay un quiebre de
tendencia. El debate no se ha hecho esperar
y se ha centrado principalmente sobre
las cifras de pobreza, en dos
aspectos: la encuesta CASEN en sí
y sus cambios metodológicos, y
la representatividad de la canasta utilizada
para determinar la línea de indigencia,
y con ésta la de pobreza.
De cifras y carencias
Sin embargo, antes de descorchar la champaña,
repasemos un poco las cifras entregadas
y evitemos la autocom-placencia. Todavía
quedan millones de chilenos bajo la línea
de pobreza, precisamente cuántos
es parte del debate
que se aborda en este artículo.
Aunque seamos los mejores de América
Latina al respecto, la cantidad de compa-triotas
en situación de pobreza sigue siendo
intolerablemente alta. Y sabemos que hay
muchos chilenos que están muy poco
por sobre estos umbrales, y que, por tanto,
corren alto riesgo de volver a ser pobres.
¿A qué se debe la reducción
de la pobreza? Una parte muy importante
de la explicación está en
el mayor crecimien-to económico.
En efecto, mientras la economía
chilena creció entre 2001 y 2003
un promedio de sólo 3,3% anual,
entre 2004 y 2006 el crecimiento promedio
anual saltó casi 2 puntos. Otro
tema importante que revelan las cifras
es que por primera vez la pobreza rural
ha caído por bajo la urbana. Una
posible explicación está
en que la actividad
agropecuaria-silvícola se expandió
un 38% más que el PIB general en
el período 2004-2006.
La mejoría distributiva es bastante
más tenue. Aún cuando hay
algún progreso, aún nos
superan bastantes países latinoamericanos,
como Argentina, Costa Rica, Ecuador, El
Salvador, Panamá, Paraguay, Perú,
Uruguay y Venezue-la. Y estamos todavía
mucho peor que los países desarrollados.
Así, mientras Chile se prepara
para ingresar a la OECD (lo que, en sí,
es un importante logro), el Gini promedio
de ese grupo es de 0.32 (vs. nuestro 0.54).
La única conclusión certera
es que aún queda mucho trabajo
por hacer en reducir la desigualdad en
Chile, porque seguimos estando entre los
países más desiguales del
mundo.
Otros problemas que revelan las cifras
es que la pobreza afecta más a
los niños y jóvenes menores
de 18 años, a las mujeres jefas
de hogar y a las comunidades indígenas.
Y es necesario notar que más del
40% de los indigentes no tienen empleo.
Dado que el desempleo es una variable
de vital importancia para salir de la
pobreza, una política social exitosa
debería impulsar con mayor fuerza
la creación de empleo. Así,
medidas que apunten a flexibilizar el
mercado laboral serían, para este
grupo, de vital importancia; más
aún cuando vemos que la participación
laboral de la mujer en este segmento es
particularmente baja. Mientras que en
la población no pobre la tasa de
participación femenina supera el
44%, en la población pobre e indigente
apenas bordea el 31%. Sin embargo, es
lamentable constatar que no existen políticas
públicas que apunten en esta dirección.
Más bien, las políticas
laborales recien-tes se han dirigido a
rigidizar el mercado laboral. Hoy se discute
en Chile la negociación por áreas
de actividad, que sería un retroceso
mayor, especialmente para los que más
necesitan empleo y no lo tienen.
Dos observaciones adicionales respecto
de las cifras. Para un país del
nivel de desarrollo de Chile no hay ninguna
buena razón para que la encuesta
CASEN no se haga anualmente y nos entregue
con mayor periodicidad una radio-grafía
de nuestra situación de pobreza
y distribución. Tampoco es comprensible
que Mideplan no publique inmedia-tamente
todas las cifras de la encuesta en su
página web (la Ministra ha anunciado
la liberación de la base de datos
recién para septiembre), y que
se tome varios meses de análisis
en solitario, antes de entregarlas completas
al país. Desde la fecha de la publicación
de las primeras cifras, hemos visto como
día a día aparecen nuevas
cifras. Lo que corresponde es entregarlas
todas juntas.

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