Hay, guardando las distancias correspondientes, algunos parecidos entre la actual crisis
financiera internacional y la crisis de la deuda chilena de 1982-1983. También lo hay en
las medidas tomadas, lo que explica el interés existente, especialmente en los EE.UU.,
por el “caso chileno”. No obstante, hay igualmente grandes diferencias, que no se limitan
a la escala y repercusión internacional de ambas crisis, sino que se refieren también al
origen de la crisis y a las soluciones específicas aplicadas.
¿Cuáles fueron los orígenes de las crisis?
Ambas crisis tienen en común el exceso de endeudamiento. En el caso chileno, antes de
tomar medida significativa alguna para solucionarlo, se hizo una estimación de dicho exceso.
Por un lado, definiendo el exceso de endeudamiento como aquella proporción de la deuda que
los agentes no podrían cancelar, entre otros supuestos, bajo condiciones “normales” de
crecimiento económico del país y con tasas de interés reales similares a las internacionales
más el riesgo país, la Superintendencia de Banco e Instituciones Financieras concluyó que
este exceso duplicaría al menos el patrimonio efectivo del sistema financiero chileno. Por el
otro lado, relacionando la deuda financiera agregada de los diversos sectores productivos
con el PIB sectorial correspondiente y comparando esas relaciones con valores “normales”
en Chile y en otros países en desarrollo, un consultor de la Corporación Financiera
Internacional, una institución relacionada al Banco Mundial, concluyó que el exceso de
endeudamiento de los agentes chilenos sería incluso superior, de aproximadamente tres
veces el patrimonio del sistema financiero chileno. Evidentemente las pérdidas potenciales
superaban varias veces el patrimonio de algunas instituciones financieras, en cambio en
otras no alcanzaban al mismo. En resumen, las potenciales pérdidas del sistema financiero
alcanzaban a fines de 1982, de acuerdo a las estimaciones mencionadas, entre un 10 y un
15 por ciento del PIB. Hoy sabemos que para superar aquella crisis financiera el apoyo fiscal
fue muy superior, de aproximadamente un 40 por ciento del PIB. No existen estimaciones
similares para la magnitud del actual exceso de endeudamiento de la economía de EE.UU.
Por la prensa se han dado a conocer estimaciones de las pérdidas de aproximadamente un
10 por ciento del Producto que las deudas hipotecarias sub-prime le causarían a las economías
de EE.UU. y Europa. Quizás sea posible, sin embargo, intuir mejor la magnitud del problema
en los EE.UU. al señalar que la relación entre la deuda de los privados, las empresas, y el
gobierno a PIB, a fines de 2007, alcanzaba a 3,3, pudiendo considerarse un nivel inferior a 2,0,
como “normal”. Antes de la Gran Depresión –que se originó igual que ahora con una crisis
financiera- tal relación deuda a PIB se elevó a 2,63, para luego caer a menos de 1,5 y
permanecer allí por varias décadas.
En cuánto al origen del exceso de endeudamiento en Chile, éste se produjo esencialmente por
el efecto sobre el gasto agregado -en el contexto de un país con una economía de mercado
abierto al comercio y financiamiento internacional de un exceso de optimismo respecto al
crecimiento económico, habiendo existido al mismo tiempo la posibilidad de financiar tal
exceso de gasto con los llamados petro-dólares.
En el caso de EE.UU., también pudo haber habido un efecto optimismo producido por el extenso
período de prosperidad inducido por una política monetaria expansiva, muy especialmente
después de la crisis de los dot.com. Además, la tasa de interés baja, las rebajas tributarias
propiciadas por el gobierno de George W. Bush, y el financiamiento de las guerras Afganistán e
Irak, entre otras cosas, alentaron directamente al gasto agregado. El financiamiento de este
exceso de gasto fue facilitado -¿o se habrá inducido, al menos en parte, como lo sostiene
Ricardo Caballero? por el exceso de ahorro existente, entre otros, en China y en algunos países
petroleros árabes.
El detonante de la crisis en Chile en 1981 y en EE.UU. en la actualidad, se produjo por una brusca
elevación de las tasas de interés, que impidió el normal servicio de la deuda de una proporción de
los agentes. En el caso de Chile, en medio de una recesión económica internacional, de elevadas
tasas de interés en dólares, y de un mercado entonces muy corto, la tasa de interés real en créditos
expresados en moneda local alcanzó niveles cercanos al 40 por ciento anual, consecuencia
de las expectativas de devaluación existentes. Ello –junto a la grave recesión local que produjo–
impidió a una relativamente alta proporción de los agentes más endeudados servir sus deudas y
generó un problema financiero de tipo sistémico.
En EE.UU., la Reserva Federal subió significativamente la tasa de política monetaria en forma
relativamente abrupta, para controlar presiones inflacionarias que estaba generando la política
anterior, en exceso expansiva. Ello, entre otras cosas, “pinchó” la burbuja inmobiliaria que la
mencionada expansión había generado y dificultó la renovación de los créditos sub-prime.
El problema se transformó en sistémico debido a la forma –poco transparente– en que esos créditos
de muy alto riesgo, “empaquetados”, se incluyeron en nuevos derivados financieros y generó pánico
en los mercados financieros cuando la autoridad permitió en septiembre recién pasado la quiebra
de Lehman Brothers. La imposibilidad de conocer los riesgos de la cartera de un gran número de
importantes instituciones financieras, que invirtieron en los mencionados derivados, quebrantó
entonces la cadena de crédito, primero del sistema financiero de los EE.UU., y luego en un gran
número de las mayores economías.

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