¿Qué medidas se aplicaron en Chile en 1982-1985 y se están aplicando ahora a nivel
global, para resolver las crisis financieras y para evitar efectos económicos reales?


En las últimas décadas –muy influenciado por el análisis sobre la Gran Depresión en la Historia
Monetaria de los EE.UU. escrita por los economistas Milton Friedman y Ana Schwartz6 se ha
llegado a un amplio consenso profesional sobre las medidas necesarias para minimizar la
repercusión de las crisis financieras en caídas de los niveles de actividad económica. Durante
la Gran Depresión, bajo patrón monetario metálico, se generó una gran deflación y los países
se cerraron comercialmente, lo que explica la magnitud de la caída en la producción. Por eso
se recomienda ahora evitar (1) el quiebre de la cadena crediticia, rescatando a las instituciones
financieras pero –para evitar riesgo moral– no al patrimonio de sus dueños, (2) los problemas
de liquidez, aplicando políticas monetarias más bien expansivas; y (3) el surgimiento de presiones
proteccionistas, mediante acuerdos internacionales al respecto.
En Chile, las “intervenciones” bancarias de 1981 y 1983 y los programas de saneamiento de
activos y de capitalización bancaria de los años siguientes, ya fueron inspirados en las nociones
avanzadas por Friedman y Schwartz. También lo son las actuales medidas que se están tomando
en EE.UU. y muchos otros países.
En efecto, en Chile en 1981 y 1983 se “intervinieron” bancos que tenían más del 80 por ciento
de los activos del sector y se cambiaron sus administraciones. Para todos los efectos prácticos,
sus dueños perdieron sus patrimonios en ellos y el control de la banca pasó transitoriamente a
manos gubernamentales. La confianza de los agentes económicos en la solvencia fiscal –que es
extraordinariamente fuerte en Chile– se hizo entonces extensiva a los bancos, evitándose el
quebrantamiento de la cadena crediticia. Luego, una vez superada la crisis más aguda, se
recapitalizaron los bancos, aprovechando la ocasión para dispersar, por novedosos métodos, su
propiedad. Además, el Banco Central compró la deuda “mala” de los bancos al 100 por ciento de
su valor contable, pero los bancos asumieron la responsabilidad de re-comprar esa deuda mala
con una proporción de sus utilidades futuras, programa conocido como de la deuda sub-ordinada.
Un ingenioso programa de compra de swaps de papeles de la deuda externa chilena, que se estaba
transando con fuertes descuentos, por deudas bancarias y/o acciones de empresas estatales en
privatización, redujo a un costo relativamente bajo significativamente la deuda chilena al mismo
tiempo que contribuyó al saneamiento de la banca. Finalmente, fuera de la existencia temporal de
un dólar preferencial para el servicio de la deuda en monedas extranjeras, se implementaron varias
re-programaciones de deudas de agentes económicos privados y de empresas medianas y pequeñas.
En fin, este conjunto de medidas más la provisión de liquidez, normalizó las condiciones financieras,
permitiendo la rápida recuperación de la economía.
Las autoridades de los EE.UU. han, con titubeos importantes y conocidos, empezado a implementar
un programa que en sus líneas generales es similar al chileno de 1981 y años siguientes. Por lo demás,
este último tampoco se percibió en su época como tan “elegante” y coherente como resulta ser relatado
ahora. Hay que considerar también las diferencias de escala, que son enormes y exigen tomar a menudo
medidas específicas diferentes. Por lo último, por ejemplo, para rescatar las instituciones financieras,
las autoridades de los EE.UU. –en vez de hacer una intervención parecida a la chilena– han estado
aportando fondos a las instituciones financieras a cambio de nuevas acciones adquiridas a los precios
deprimidos existentes en el mercado y tomando, para todos los efectos prácticos, control de la
administración de ellas. Igual que en Chile, el propósito es vender esas acciones una vez que la crisis
se supere.
Las autoridades han jugado también un importante papel en el proceso de absorción de las instituciones
financieras en problemas por otras más sanas, incentivando tales absorciones con créditos o garantías
de crédito. Además, tanto el actual gobierno, como el entrante, han anunciado programas masivos de
refinanciamiento de créditos, algunos ya en ejecución.
En otro orden, la Reserva Federal ha estado bajando agresivamente la tasa de política monetaria y ha
inyectado masivamente recursos a los mercados financiaros para satisfacer la demanda existente y
mejorar los índices de liquidez. Si bien no ha conseguido “calmar” totalmente los mercados financieros,
los spreads de interés de los créditos entre bancos (préstamos “overnight”), que “normamente” no
superan los 30 puntos bases, se han reducido de los 350 puntos bases en la época de la caída de
Lehman Brothers, a unos 100 puntos bases en la actualidad.
Finalmente, los principales líderes económicos mundiales reunidos hace unos meses en Camp David,
EE.UU.9, además de anunciar la coordinación de las políticas necesarias para resolver la crisis y la
capitalización de los organismos financieros internacionales para acudir en ayuda de países con
graves problemas de balanza de pagos, se comprometieron decididamente a mantener fluido el
comercio internacional.



¿Y cuáles fueron los resultados del programa chileno de comienzos de los años 1980?
¿Cuáles serán los del actual programa de los EE.UU.?


Lo que no se pudo hacer con la liberación cambiaria de 1982, se logró con la intervención bancaria
de enero de 1983 y la decisión de renegociar la deuda externa. Disminuyó drásticamente la
incertidumbre y las tasas de interés en el mercado local, que habían llegado a 35 por ciento en 1982,
se desplomaron al 16 por ciento (ver tabla adjunta). Esas tasas parecen altas en la actualidad, pero
se acercaron al nivel “normal” de la época en Chile, como se puede apreciar en la misma tabla. Los
bancos, intervenidos, empezaron a hacer nuevas operaciones de crédito y a medida que esos
mismos bancos se fueron saneando y capitalizando, expandieron esas operaciones, hasta normalizarlas,
probablemente de 1985 en adelante. En la misma tabla se puede verificar que la cantidad de dinero jamás
cayó, que no hubo deflación, y que después de un año 1983 todavía ligeramente en rojo, se inició una
rápida recuperación económica, que se transformó eventualmente –con la ayuda de importantes cambios
de política económica y de la consolidación institucional del país- en uno de los episodios de mayor
crecimiento económico de nuestra historia. En comparación con la mayoría de los demás países de la
región –que se demoraron casi una década en recuperarse de la crisis de la deuda- la recuperación chilena
fue extraordinariamente rápida. 
¿Qué cabe esperar que suceda con la actual crisis internacional? Esta crisis es sólo comparable con
la crisis de los años 1930 y entonces el PIB de los EE.UU. cayó en más de un 26 por ciento y en Chile
lo hizo en un 44 por ciento. Sin embargo, en la actualidad y considerando el tipo de políticas que se está
implementando, los analistas predicen caídas relativamente moderadas del PIB en EE.UU. en 2009 y un
crecimiento bajo a nivel mundial. Dada la magnitud del ajuste que tendrá que hacer EE.UU. para absorber
el exceso de deuda existente, cabe esperar, eso si, una menor tasa de crecimiento en la próxima década
que en la recién pasada. Es decir, la crisis será moderada, pero larga. En los países en desarrollo,
principalmente por el impacto del crecimiento de China e India, también habrá desaceleración en el corto
plazo, pero las tasas luego se mantendrán por encima de los niveles históricos. En Chile, que tiene una
situación macroeconómica excepcional, se estima que la economía estará relativamente estancada en 2009,
para luego recuperarse. Su tasa de crecimiento de mediano plazo –que en el pasado reciente sólo ha sido
moderada- dependerá crucialmente de las reformas económicas que se implementen y de las políticas que
se adopten.
En resumen, la crisis financiera de los EE.UU., que se inició a fines de los años 1920, terminó en la Gran
Depresión.
En cambio la profunda crisis de la deuda en Chile de 1981 y los años siguientes, enfrentada con las lecciones
que dejó esa Depresión –evitar el quiebre de la cadena de crédito y mantener los niveles de liquidez– permitió
una relativamente rápida recuperación económica del país. Finalmente, medidas similares aplicadas por la
mayoría de los gobiernos en la actualidad para evitar que la crisis financiera iniciada en los EE.UU. en el año
2007 se transmita a los niveles de actividad, muy probablemente eviten que el mundo en desarrollo caiga en
recesión y que los países desarrollados sufran una nueva Depresión.