Lo anterior parece sugerir que Chile necesita invertir en capital físico e insumos agrícolas,
hasta alcanzar los niveles de tecnificación de los países líderes en el agro. Sólo cuando las
inversiones se concreten corresponderá capacitar a los trabajadores en la operación del nuevo
capital físico y los nuevos insumos agrícolas. En la jerga del agro, capacitar antes de tecnificar
equivale a “poner la carreta delante de los bueyes”.
Una pregunta distinta es si acaso a Chile realmente le conviene aumentar el producto medio
de sus trabajadores agrícolas. Nada garantiza que aumentar el producto medio de los trabajadores
agrícolas se traduzca en beneficios económicos para el país. Por el contrario, es muy posible que
la combinación de trabajo, capital e insumos agrícolas sea óptima dados los precios que enfrentan
los agricultores. En Chile, los trabajadores agrícolas perciben un salario promedio de 120 mil pesos
mensuales(3). En EE.UU., el salario es siete veces mayor(4). Dada la disparidad en los costos de
mano de obra, es natural que el agro chileno sea más intensivo en trabajo que el estadounidense.
Intervenciones estatales en el mercado agrícola, ya sea capacitando a los trabajadores o promoviendo
la tecnificación del agro, son cuestionables. Primero, es muy difícil evaluar centralizadamente e
l impacto económico de políticas cuya efectividad depende de particularidades locales: condiciones
climáticas, geográficas y sociales que enfrenta cada empresario agrícola. Segundo, no hay evidencia
de fallas de mercado que justifiquen la intervención estatal; por ejemplo, monopolios en la provisión
de alguna tecnología, o asimetrías de información que hagan difícil identificar las mejores prácticas
agrícolas. Lo prudente es, entonces, dejar en manos de los agricultores las decisiones de capacitación
e inversión, y que sean ellos quienes incurran en los costos. Recurriendo otra vez a la sabiduría
campestre: “al ojo del amo engorda el ganado”, un refrán que nos advierte sobre las ineficiencias de la
planificación central.


El índice de Malmquist

El índice de Malmquist responde la siguiente pregunta: si dos países usaran la misma cantidad de
factores de producción, ¿cuánto más (o menos) producirá un país que el otro?
Para entender el índice de Malmquist es preciso entender antes qué son las funciones de producción.
Una función de producción es una fórmula matemática que cuantifica la producción de una firma o país
para cada posible combinación de factores: capital, trabajo, etc.. La forma de la función se estima
mediante técnicas estadísticas.
Hay muchas formas de especificar una función de producción. En nuestro estudio usamos la función
denominada “Cobb-Douglas”:






En el caso de una función de producción Cobb-Douglas, el índice de Malmquist es la razón entre las
PTFs de dos países, en este caso el país i y el país j.



En la tabla 1 el país j es siempre EE.UU. En el caso de Chile, la interpretación es la siguiente: todo
lo demás igual, Chile produciría un 80% de lo que produce EE.UU. Análogamente, Argentina produciría
un 50% más que EE.UU., y Nueva Zelanda un 28% más.


Análisis envolvente de datos

A diferencia del índice de Malmquist, el análisis envolvente de datos (en inglés, data envelope analysis,
o DEA) es un método no-paramétrico. Esto significa que no impone una “forma funcional” a la función
de producción y, por lo tanto, no requiere estimar parámetros mediante técnicas estadísticas (en el
caso de una Cobb-Douglas, los parámetros son