INSTINTOS TRIBALES Y CULTURA ORGANIZACIONAL
por Carlos Rodríguez

En las últimas décadas se ha desarrollado una incipiente literatura, que sobre la base de los modelos de
evolución genético-cultural propuestos por primera vez por Cavalli-Sforza & Feldman (1981) y Boyd & Richerson
(1984), ha estudiado cómo pudieron haber evolucionado ciertos rasgos característicos de nuestra vida social.
En el número 65 de esta revista, Ricardo Guzmán desarrolla un survey de dicha literatura concentrándose en
los avances en la comprensión de la evolución del comportamiento cooperativo, incluyendo nuestra propia
contribución al campo: el desarrollo de un marco de análisis en el que tanto el comportamiento como las
heurísticas que guían dicho comportamiento están sometidas a presiones sociales (Guzman, Rowthorn &
Rodriguez-Sickert, 2007; Guzman, Rowthorn & Rodriguez-Sickert, 2009).
En este artículo se extrapolan las lecciones de esta investigación al ámbito organizacional con la intención
de iluminar los mecanismos que subyacen a la emergencia y transmisión de una cultura organizacional
cooperativa en las firmas modernas.
De acuerdo a Schein (2005), la cultura organizacional de una empresa involucra el conjunto de disposiciones
compartidas por el grupo que le permiten a la organización resolver sus problemas de integración interna y
de adaptación al medio. Nuestra hipótesis de trabajo es que antes de que se desarrollaran sociedades
complejas y jerárquicas, nuestros antepasados cazadores-recolectores enfrentaron problemas de integración
interna y adaptación externa de naturaleza similar a los que enfrentan las firmas en una economía de libre
mercado.
En nuestro relato acerca de la emergencia del comportamiento cooperativo, los miembros de la tribu enfrentan
recurrentemente un problema de acción colectiva –pensemos por ejemplo en la caza de presas de gran tamaño.
Partiendo de la base que la distribución de los beneficios de la caza se distribuyen de modo equitativo, cada
miembro de la tribu decide si contribuir o no contribuir a darle muerte al mamut; y, en caso de haber contribuido,
decidir si castigar o no a los cazadores que no participaron del proceso (comportamiento que se denota como
castigo altruista). Para tomar sus decisiones los miembros de la tribu utilizan dos heurísticas alternativas:
seguir el comportamiento de la mayoría o, alternativamente, optando por la conducta que maximice el interés
propio en respuesta al comportamiento del resto de los miembros de la tribu. Mutaciones a nivel individual y
colectivo complementan el proceso y le dan un carácter estocástico a la dinámica social.
Si bien a nivel individual, tanto la participación en la caza como infringir castigos a sus pares reduce el fitness
(adaptabilidad) del individuo, la existencia de conflictos inter-tribales (por ejemplo, por el dominio territorial)
o el enfrentamiento a shocks ambientales (por ejemplo, una sequía) genera un proceso de selección al nivel
de la tribu determinado por la composición de la tribu. Tribus donde prevalece la cooperación tienen mayores
probabilidades de derrotar en una batalla a una tribu mayoritariamente compuesta por free-riders, ya sea
por que están mejor alimentados o por que aquellos individuos que atienden al interés del grupo en los problemas
internos de acción colectiva defienden con mayor fiereza los intereses de la tribu en la guerra. Así, el resultado
del proceso evolutivo pasa a depender de la fuerza relativa que posean las presiones selectivas que operan a
nivel grupal con respecto a aquellas que operan a nivel individual. Mientras mayor sea la tasa de conflicto
inter-tribal, mayor importancia adquirirá selección de grupos en el proceso evolutivo y, por lo tanto, más favorables
serán las condiciones para la evolución del comportamiento cooperativo (entre los miembros de la tribu). La tasa
de migración, en contraste, mitigará la fuerza de la selección grupal al disminuir las diferencias entre los distintos
grupos.
En nuestro trabajo simulamos este modelo utilizando parámetros que pretenden reproducir las condiciones del
proceso evolutivo que enfrentaron nuestros antepasados. En consonancia con estudios previos, mostramos que
las disposiciones cooperativas efectivamente pudieron haber evolucionado bajo esas condiciones, constituyendo
de esta forma un componente innato de nuestra naturaleza.
Dos conclusiones adicionales se obtienen de nuestro trabajo. En primer lugar, se concluye que el conformismo
–por su capacidad de inhibir el comporta-miento optimizador cuando éste va en detrimento del grupo– coevolucionó
con las disposiciones cooperativas. En segundo lugar, si bien la cooperación puede persistir por largos períodos,
mutaciones a nivel individual podrían terminar por erosionar la moral del grupo (el mecanismo asociado a este
proceso se describe en el artículo ya referido de Ricardo Guzmán). Así, sólo mutaciones colectivas que restauren
el orden moral pueden generar las condiciones para iniciar un nuevo ciclo de prosperidad.
Autores como Hirsch (1978) le atribuyen al modelo de libre mercado un efecto negativo en la construcción de
virtudes más allá del interés propio. Las lecciones de nuestro trabajo apuntan en la dirección contraria. Si la
selección de grupos está al centro de nuestra explicación sobre la emergencia del comportamiento cooperativo,
lo mismo puede decirse de la libre competencia en las sociedades modernas. Tal como ocurría en la tribu, el
problema que enfrenta la firma para lograr sus objetivos depende en gran medida de la disposición de sus
miembros a adherir normas de conducta que muchas veces no se condicen con la maximización del interés
propio. La imperfección y/o alto costo de los procesos de monitoreo hace imposible que una firma se desempeñe
con éxito sin una cultura organizacional que comprenda virtudes como la excelencia en el trabajo o la dispo-
sición a cooperar con otros miembros de la organización en pos de un fin común. Para la organización, el poseer
una cultura organizacional cooperativa se puede transformar en una ventaja competitiva y, por lo tanto, afectar
su sobrevivencia.