A mediados del año 2008 detonó una severa crisis financiera en los Estados Unidos, cuyas repercusiones se
han sentido con fuerza en numerosas economías.
Las reacciones de las autoridades económicas norteamericanas frente a la comprobación de un fuerte deterioro
en la calidad de la cartera de un importante número de instituciones financieras -bancarias y no bancarias- ha sido
diversa. En algunos casos se estableció un amplio plan de rescate con recursos públicos (2), mientras que en otros
-particularmente en el caso de Lehman Brothers- se procedió a un proceso de liquidación.
Tras un fuerte aumento de la oferta monetaria, con el propósito de evitar que el deterioro en la confianza del público
en la solidez del sistema financiero pudiese dañar la cadena de pagos de la economía, la estrategia de la política
económica norteamericana consistió en desarrollar pruebas conducentes a establecer las necesidades de capital
de la banca, proceso que concluyó a mediados de mayo, con resultados relativamente positivos. Ello en términos
de señalar que dichos requerimientos fueron inferiores a lo previsto, resultando relativamente fáciles de abordar
para los bancos que mostraban una situación deficitaria de capital.
Las manifestaciones de la crisis financiera han sido diversas, al igual que las reacciones de la autoridad a ésta,
por lo que un recuento de las mismas excedería con mucho el objetivo de este artículo. Sin embargo, ha sido
interesante comprobar que todo este proceso ha llevado a una fuerte reaparición del debate en macroeconomía,
en términos parecidos a lo observado tras la Gran Depresión de los años 30.
Así, mientras la vigorosa reacción de los bancos centrales suministrando liquidez a mercados temerosos, ha
dejado de manifiesto la influencia e impacto de las lecciones obtenidas por Milton Friedman y Anna J.Schwartz (3)
tras su revisión de la historia monetaria de los Estados Unidos, las demandas por un mayor impulso fiscal y un
papel más activo de los reguladores en el mercado financiero, reflejan un renovado auge del pensamiento keynesiano
tradicional. En efecto, el progresivo deterioro en la oferta de crédito que se inicia a mediados del año 2007, ha
promovido una intensa demanda por un mayor estímulo fiscal, el que en mayor o menor medida muchas economías
han adoptado en los últimos meses (4).
Teoría y política económica
En un escenario como el actual, resulta atractivo –aunque no por ello adecuado– el uso de la teoría keynesiana
como marco de análisis del comportamiento observado por economías como la norteamericana en los últimos
trimestres. En efecto, la verificación de una fuerte caída de la demanda privada, en un contexto dominado por las
pérdidas de riqueza y la incertidumbre, configura un cuadro en el que parece razonable usar la política fiscal para
contener el ciclo recesivo(5). Por otro lado, la política monetaria ha debido hacer frente a una intensa demanda por
liquidez, aunque la misma incertidumbre que rodea los episodios recesivos haría poco efectiva ésta para impulsar
la demanda agregada (6). De hecho varios economistas han argumentado que en este episodio se ha reiterado un
caso de “trampa de liquidez”.
No obstante, existen interpretaciones alternativas para este episodio, al igual que ocurrió en la Gran Depresión.
Una de estas, que a mi juicio adquiere especial vigencia en el contexto actual, se asocia con el diagnóstico de las
fluctuaciones de la actividad desarrollada por el célebre economista de la Universidad de Chicago Henry Simons (7).
Tras la irrupción de la crisis financiera y en medio de un complejo proceso de saneamiento de la banca, asignación
de pérdidas y reestablecimiento del crédito, resulta particularmente interesante revisar las proposiciones de política
que emergen del análisis de Simons, las que se conocen en la literatura como “el Plan de Chicago de Reforma Bancaria”.
La propuesta de Henry Simons
Un antecedente esencial dentro del diagnóstico que realiza Simons respecto a las causas de los ciclos de actividad
y la formulación de sus proposiciones de política, es la hipótesis de que un sistema bancario estructurado sobre la base
de un seguro a los depósitos, junto con un encaje fraccional sobre éstos, sería una fuente de inestabilidad macroeconómica,
en tanto se promoverían fluctuaciones recurrentes en la oferta de dinero y crédito. En efecto, en la medida que la institu-
cionalidad vigente garantice un tipo de cambio fijo y unitario entre los depósitos bancarios y la base monetaria, cabría
esperar- a juicio de Simons- la aparición frecuente de sustitutos del dinero tradicional, ofrecidos por el sistema bancario,
lo que dificultaría la administración de la política monetaria. Ello en tanto la liquidez y el crédito experimentarían fluctua-
ciones en respuesta a factores ajenos a las decisiones de política monetaria (8), tales como la forma en que se comporte la
competencia en el sector financiero o la evolución del precio de los activos.

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