"Al producir un cortometraje en Nueva York,
descubrí lo que es hacer una película y ahí tuve el enamoramiento absoluto con el cine. Fue algo mágico, alucinante e increíble, descubrí esa
capacidad de hacer una historia real en base a ficción y que alguien se emocione con ello. Con eso tuve muy claro que yo quería hacer cine".

Crisis de adolescencia tardía

-¿Cómo surgió esa inquietud por el cine?
-Creo que es bien común en el cine, venir de otra actividad. En todo caso, el tema de hacer películas fue algo muy natural, no tengo mucha conciencia del proceso. Había una búsqueda de algo, que tiene que ver con una crisis de adolescencia tardía porque no sabía mucho lo que quería. En la Escuela de Economía se estudiaba mucho y no había tiempo de cuestionarse, al terminar y salir a trabajar me di cuenta que no era cien por ciento lo mío. Creo que tengo una necesidad trabajólica de profundizar lo que hago y en ese proceso –muy tranquilo y bien entusiasta– primero apareció la fotografía y luego descubrí el cine.
- Pero, ¿de niño era muy creativo?
—No, ese es un término que aborrezco, creo que es algo subjetivo y un gran cliché. Mientras estudiaba Economía vi a gente tanto o más creativa que en el rubro de la publicidad y el cine. Yo no me considero tan creativo, sólo me interesa contar historias de la manera que lo hago. Pienso que la gente que se realiza en lo suyo tiene ese grado de creatividad, de incertidumbre vital o apasionamiento por lo que hace.
-¿Cómo fue el aterrizaje en Nueva York?
-La economía te hace ser realista y, tras trabajar un año en mi profesión, supe que eso era como un seguro al cual siempre podría recurrir. Postulé a un master en cine en una universidad americana y sabiendo que era muy difícil partí antes de que me confirmaran. Evidentemente, no quedé. Pero, en ese período trabajé en Nueva York desde vendiendo helados hasta haciendo trabajos académicos y me afiaté muy bien. Finalmente entré a la universidad –hice una carrera súper sui generis– y después de unos tres años volví a Santiago.

¿Qué pasó al regresar a Chile?
—Al producir un cortometraje en Nueva York, descubrí lo que es hacer una película y ahí tuve el enamoramiento absoluto con el cine. Fue algo mágico, alucinante e increíble, descubrí esa capacidad de hacer una historia real en base a ficción y que alguien se emocione con ello. Con eso tuve muy claro que yo quería hacer cine. Antes de volverme traté de trabajar en Estados Unidos, pero no me fue bien y terminé vendiendo joyas en la calle. Al llegar a Chile, mantuve la necesidad de estar en un proyecto escribiendo, filmando o produciendo.
¿Fue muy difícil encontrar financiamiento para sus primeras producciones, cuando era un desconocido en el rubro?
—El Fondart llevaba recién un par de años... Pero, siento que ese tema es cada vez menos excusa para producir. El cine para mí es un privilegio y no un derecho, uno tiene que demostrar lo que vale y esa necesidad contribuye a quebrar el círculo de desconfianza –que es natural– de que nadie va a dar plata para que otro pruebe lo que es capaz de hacer. Creo que esas barreras se han ido rompiendo naturalmente porque, además, hoy la tecnología digital es barata y casi no hay justificación para no contar historias en ese formato.
Andrés Wood reconoce que “después uno se va poniendo más ambicioso, busca otros mercados, pero yo siempre he tenido la suerte de que me aprobaran los proyectos y creo que en ello ha influido el rigor académico para presentarlos”.
Menciona el caso de Historias de Fútbol que se hizo prácticamente “sin ni un peso, pero con mucha energía y hartos riesgos. Con un amigo ingeniero teníamos una pequeña empresa con la que producíamos videos institucionales en mi casa. Empezamos a entrar en publicidad y él se sumó a mi proyecto de la película. Hoy suena ridículo, pero en ese instante arriesgamos unos 12 millones y llegamos a 55.000 espectadores”.
Según el cineasta, todo está cambiando para bien y como es un negocio pequeño el hacerse conocido “aumenta los bonos”. Y, cuenta como anécdota que La Fiebre del loco estaba en el segundo lugar en uno de los cines Hoytts de La Reina “y a la semana siguiente me habían sacado a una sala compartida porque me dijeron textual este es un mar de muchos tiburones y tú eres un pescado chico”.