
EDITORIAL
Hace mucho tiempo que no se veían tantos focos de inestabilidad en los mercados internacionales. Ya no sólo se habla de problemas en los países del este y sudeste asiático, sino que se agregan a estos los problemas por los que atraviesan Japón, China y Rusia. Ademas, mercados que hasta hace no mucho parecían inmunes a los problemas asiáticos, como Europa y Estados Unidos, hoy ya empiezan a sentir algunos de los efectos de dicha crisis. En América Latina los ojos están puestos en Brasil que, pese a su reciente éxito en la privatización de Telebrás, es percibido como una economía frágil debido a su elevado déficit fiscal. Chile no ha estado ajeno a estos vaivenes. La presión sobre el tipo de cambio y, dada la política cambiaria vigente, sobre las tasas de interés ha significado que ya en dos oportunidades este año, enero y junio, la tasa de interés interbancaria haya superado el 50%.
Desafortunadamente este escenario externo más desfavorable no encuentra a la economía chilena en la mejor de las posiciones. En efecto, el déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos superará por tercer año consecutivo el 5% del PIB, llegando incluso este año a alrededor de 7% del PIB. Este déficit tiene su origen en el elevado crecimiento del gasto que ha experimentado nuestra economía en los últimos tiempos, el que se ha reflejado en un estancamiento del ahorro y en una caída en el tipo de cambio real. La disminución en los términos de intercambio que se ha verificado este año, aunque evidentemente tiene un efecto en dicho déficit, no es capaz de explicarlo por sí sola. Así entonces, más allá de la crisis asiática, nuestra economía requería de un ajuste. Esta crisis lo aceleró y probablemente lo profundizará, pero igual era inevitable.
Para el próximo año se espera una mejoría en las cuentas externas, pero así y todo el déficit en cuenta corriente nuevamente superaría el 5% del PIB. Los mercados doméstico e internacional no parecen dispuestos a tolerar esos niveles de déficit por tiempos prolongados, por lo que cabe esperar que las presiones sobre el tipo de cambio y las tasas de interés se mantengan por algún tiempo. En la práctica, esto se traducirá en que el crecimiento en lo que resta del año, el próximo y probablemente también el 2000, sea significativamente inferior a lo que hemos estado acostumbrado durante los últimos doce años.
En estos episodios es clave la credibilidad en las políticas de la autoridad. Mientras mayor credibilidad, más fácil lograr un aterrizaje suave. Así, por ejemplo, en la medida en que el mercado crea que la autoridad, pese a los costos que esto podría involucrar, se ceñirá a su regla cambiaria, se producirá un alivio sobre las tasas de interés. No obstante, los evidentes problemas de liderazgo, de conducción, de falta de iniciativas y de confusión entre las propias autoridades no son buenos signos y, de hecho, dificultan el logro de dicha credibilidad.
Queda todavía un año y medio del actual gobierno, lo que equivale a un cuarto del total de su período. Es un tiempo más que suficiente para promover nuevas iniciativas y acelerar otras que han brillado por su lentitud. Los tiempos difíciles son también tiempos de oportunidades. Los temas de aranceles, puertos, aeropuertos, concesiones viales, sanitarias y otros presentan oportunidades de modernización que, además de significar un avance en sí mismo, ayudarían a que retorne la credibilidad al mercado.
La denominada crisis asiática va a tener efectos en Chile, sería ilusorio pensar que no fuera así. Pero está en manos de las autoridades tomar las iniciativas para que dichos efectos no sobrepasen lo razonable.
Comité Editorial          





