EDITORIAL


La crisis asiática y su propagación a América Latina

En Julio pasado se produjo un ataque especulativo contra el baht tailandés que desató una profunda crisis cambiaria y financiera en el sudeste asiático. Recientemente esta crisis ha comenzado a sentirse en América Latina, en especial en Brasil, Argentina y México.

La economía tailandesa había tenido un comportamiento espectacular en los últimos 10 años, con tasas de crecimiento en torno al 8% e inflaciones bajo el 6% al año. Además, tenía un presupuesto fiscal equilibrado, ahorraba más del 37% del PIB e invertía cerca del 44% del PIB. Basado en estos indicadores, se proyectaban tasas de crecimiento del 8% al año para por lo menos otra década. La primera pregunta que cabe hacerse es ¿qué le pasó a este tigre? y ¿qué hizo que esta crisis se extendiera al resto de la región?

Como toda crisis, después de los hechos surgen muchas interpretaciones: 1) que la moneda se había apreciado mucho; 2) que como resultado se la apreciación y la competencia de China las exportaciones estaban cayendo en valor; 3) que el déficit en cuenta corriente del 8% del PIB no era sostenible; 4) que el sector financiero era muy débil; 5) que la calidad de la inversión era muy dudosa, etc.

De todas las posibles razones, tal vez las centrales son la debilidad del sistema financiero y la mala calidad de la inversión. Tailandia tenía un sector financiero pobremente regulado y supervisado, donde el crédito relacionado era una práctica muy extendida y la información era muy pobre. Además la política pública y las distorsiones generadas por el sector financiero habían resultado en una baja calidad de la inversión, con una expansión muy fuerte del componente inmobiliario de esta. Los aumentos en las tasa de interés de comienzos de año, que se hicieron para defender el tipo de cambio semifijo, terminaron por desinflar la burbuja especulativa en el mercado inmobiliario poniendo en una situación muy difícil a un grupo de financieras. Un gobierno políticamente muy débil decidió rescatar a las financieras con un fuerte aumento en la emisión, generando así una fuerte pérdida de reservas. El instrumento tradicional para defenderse del ataque especulativo no era creíble en un país que tiene un sector financiero débil.

La propagación de la crisis a los países vecinos se concentró inicialmente en Indonesia, Filipinas y Malasia. De estos tres países, Indonesia era el más vulnerable dado que combinaba también un sector financiero frágil con una gran expansión en la inversión inmobiliaria. Además la alta tasa de inversión de los últimos años no resultó muy productiva. Filipinas, que había implementado en los últimos años profundas reformas estructurales que habían comenzado a mostrar frutos en crecimiento de las exportaciones y del producto sufrió un efecto contagio por la pérdida de competitividad que resultó de la depreciación tailandesa. La vulnerabilidad de Malasia era aún más clara, dado los ambiciosos programas de obras públicas que ha estado emprendiendo su gobierno en los últimos años. La fuerte expansión de la inversión pública y la baja calidad de la inversión tenía a los inversionistas preocupados. La crisis tailandesa fue la gota que rebasó vaso desatando el ataque especulativo.

El ataque especulativo contra Hong Kong es más difícil de entender. Hong Kong tiene un sector financiero que se había recuperado muy bien de la crisis de los 80. Sus bancos están muy bien capitalizados y aunque el sector inmobiliario puede haber desarrollado una burbuja, tanto la regulación como la prudencia habían resultado en prácticas de financiamiento bancario muy conservadoras (préstamos de hasta un 60% del valor de la propiedad y créditos hipotecarios de hasta 7 años). Además la economía de Hong Kong tiene un fuerte componente de ventas de servicios a China continental que está creciendo cerca del 10% al año y tiene reservas internacionales de cerca de 85 billones de dólares americanos y China tiene más de 130 billones para apoyar a su nuevo territorio.

Lo que sí queda pendiente en Asia es la situación de Corea del Sur, ya que también tiene un sector financiero muy débil y algunos de sus conglomerados ya estaban en dificultades antes de que se desatara la crisis de Tailandia. A esto último se agrega ahora una pérdida de competitividad por la depreciación de sus vecinos. Para completar un cuadro preocupante, Corea tiene elecciones el próximo mes y el líder en las encuestas es un candidato de centroizquierda que de resultar elegido sería el primer cambio político relevante en los últimos 30 años.

En América Latina el país más vulnerable es Brasil, que aun cuando ha progresado dramáticamente la reducción de la inflación y en la implementación de reformas estructurales, cuenta con un déficit fiscal de un 5% del PIB que ha hecho que el principal apoyo de la política de estabilización hayan sido las altas tasa de interés internas. Las altas tasas han llevado a una fuerte apreciación real y han debilitado la cartera de los bancos. Además, la amenaza de unos aumentos adicionales en las tasas de interés para proteger el real no resultan creíbles por su efecto negativo en un sector financiero, que ya es muy débil. Consciente de este problema el gobierno ha anunciado ahora un importante ajuste fiscal, el que, acompañado de altas tasas de interés, debiera desacelerar fuertemente el crecimiento económico y contribuir a un deterioro adicional de la banca.

Es prematuro anticipar si Brasil será capaz de evitar depreciación de su moneda pero la situación es altamente riesgosa.

Finalmente, como resultado de la desaceleración de Brasil y la importancia de sus comercio debemos anticipar una desaceleración en el crecimiento de Argentina. Afortunadamente esta desaceleración llega cuando la economía se encuentra creciendo a una tasa cercana al 8% anual y, por lo tanto, una desaceleración es manejable. Pero para reducir su vulnerabilidad, Argentina desde ya debiera comenzar a avanzar a reducir su déficit fiscal (1,7% del PIB) para de esta forma aumentar la confianza en su sistema cambiario. Esta crisis encuentra a una economía mexicana creciendo sobre el 6% al año y debiera ser capaz de sostenerla con una leve desaceleración de su crecimiento.

En el caso de la economía chilena la crisis la encuentra en un ciclo expansivo que estaba tomando una fuerza inusitada; la desaceleración de Asia y de Brasil y Argentina debería ayudar a desacelerarla para crecer a tasas más sostenibles. Donde sí el trabajo se hará más difícil es en el logro de la meta de inflación para 1998 dado que con el nuevo escenario internacional, la apreciación real de los últimos años que tanto había ayudado a desacelerar la inflación ya no puede continuar a la misma velocidad, e incluso se podría revertir parte de ella.

Comité Editorial.